Antes de los profetas y de los reyes, Mesopotamia ya tenía a sus dioses:
los Anunnaki, la descendencia de An, señores del cielo y de la tierra.
Sus nombres quedaron grabados en arcilla hace más de cuatro mil años, en las primeras tablillas cuneiformes de Sumeria. No eran dioses lejanos ni perfectos: amaban, traicionaban, luchaban… y decidían el destino de la humanidad.
Cinco fuerzas sostienen el origen de todo: Anu, el cielo infinito; Enlil, el viento que impone su voluntad; Enki, la inteligencia del agua; Inanna, el fuego del deseo y la guerra. Y un diluvio. Un evento tan devastador que estuvo a punto de borrar la historia antes de que comenzara. Esta no es solo una historia antigua. Es un eco que todavía resuena.
El padre que reina desde lo más alto, tan lejos que casi nadie lo nombra.
An, Anu para los acadios, es el cielo hecho dios y la cabeza del panteón. Su nombre significa, literalmente, “cielo”.
Gobierna desde una distancia absoluta: no actúa, dispone. Otorga autoridad y se retira. De él descienden los demás Anunnaki.
Señor del aire y de las tormentas. Su palabra es ley, y su ley no perdona.
Enlil gobierna el viento y el destino. Custodia las Tablillas del Destino, el objeto que fija el rumbo del mundo. Es el dios del orden y el castigo: cuando la humanidad se vuelve demasiado ruidosa, es él quien impulsa el diluvio para silenciarla.
El dios del agua dulce y la inteligencia. El que toma partido por los hombres.
Enki, llamado Ea en Babilonia, habita el Abzu, el océano de agua dulce bajo la tierra. Es el dios de la sabiduría, la magia y la creación. A diferencia de Enlil, protege a la humanidad. Cuando los dioses deciden destruirla, Enki advierte a un hombre justo que construya un barco. Ese acto de desobediencia salva a la especie.
Ninhursag, la madre montaña: la tierra que da forma y da vida.
Ki es la tierra, contraparte de An. Como Ninhursag, “señora de la montaña”, es la gran diosa madre, nodriza de dioses y reyes. Junto a Enki participa en la creación de la humanidad y en el mito del paraíso de Dilmun. Donde pisa, la vida germina.
Sin, el dios lunar: el que mide el tiempo y ordena los meses.
Nanna, llamado Sin en acadio, es el dios de la luna e hijo de Enlil y Ninlil. Su barca de luz recorre el cielo nocturno. Patrono de la ciudad de Ur, regula los ciclos, las cosechas y el tiempo. Es padre del dios sol y de Inanna.
Shamash, el ojo que todo lo ve: luz, ley y verdad.
Utu, llamado Shamash, es el sol y, ante todo, la justicia. Cada día recorre el cielo y observa los actos de los hombres. Se le atribuye la inspiración de los códigos de ley: en la estela de Hammurabi es él quien entrega las normas al rey. Nada queda oculto bajo su luz.
Diosa del amor y de la guerra. Lo que enciende también puede arrasar.
Inanna, conocida como Ishtar, es la fuerza más intensa del panteón: deseo, belleza, fertilidad y guerra en un mismo cuerpo. Su mito más célebre la muestra descendiendo al inframundo, despojándose de todo y muriendo, para luego volver transformada.
El joven dios que mató al caos y se quedó con el trono del mundo.
Marduk es el gran dios de Babilonia. En el Enuma Elish enfrenta a Tiamat, la vence y con su cuerpo da forma al universo. Por esa hazaña, los dioses lo coronan rey. Hereda el poder de los Anunnaki y convierte a Babilonia en el centro del cosmos.
La que siguió a Enlil hasta el inframundo y volvió cargada de vida.
Ninlil, diosa del grano y del aire, es la consorte de Enlil. Su mito la muestra siguiéndolo incluso en su descenso al inframundo. De esa unión nacen Nanna, la luna, y otras deidades del mundo subterráneo. Es una fuerza de fertilidad que persiste incluso ante la muerte.
La reina de los muertos. Hermana de Inanna, señora del país sin retorno.
Ereshkigal gobierna el Kur, el mundo de abajo. Es la contraparte de Inanna y la única que puede juzgar a los muertos. Cuando Inanna desciende a su reino, es Ereshkigal quien la deja sin vida, colgada de un gancho. Reina absoluta de aquello que nadie quiere mirar.
Tammuz, el amante de Inanna: muere cada año para que la tierra reviva.
Dumuzi, llamado Tammuz, es el dios pastor y esposo de Inanna. Cuando ella regresa del inframundo, lo entrega como precio de su rescate. Pasa medio año bajo tierra y medio en la superficie: su descenso y su retorno explican el ciclo de las estaciones. Es duelo y renacimiento.
El mar salado del comienzo, el océano del que nació todo y al que todo temía.
Antes de los nombres y de los templos, existía Tiamat: el agua salada, el caos hecho diosa, unida a Apsu, el agua dulce. De esa mezcla nacieron los primeros dioses. Pero Tiamat también es la madre que se vuelve contra su descendencia: en el Enuma Elish será derrotada, y de su cuerpo dividido surgirán el cielo y la tierra.
El mar primordial que dio a luz al cielo, a la tierra y a los dioses.
Nammu es la diosa mar de la que todo procede en la tradición sumeria: la matriz acuática que engendra a An, el cielo, y a Ki, la tierra. Junto a Enki modela a los primeros humanos con barro del Abzu. Es una presencia silenciosa, pero está en el origen de toda creación.
Anzu, Pazuzu y Lamashtu: las sombras que el panteón también necesitaba.
No todo eran dioses luminosos. Anzu, el ave tormenta, roba las Tablillas del Destino y desata el caos antes de ser derrotado. Pazuzu, demonio del viento del sur, era temido y al mismo tiempo invocado como protección. Lamashtu acechaba a las madres y a los recién nacidos. El reverso necesario del mito.
Hechos de barro para trabajar; salvados del agua por una traición piadosa.
Según el poema de Atrahasis, los dioses crean a los humanos con barro y sangre divina para que asuman su trabajo. Pero se multiplican y su ruido irrita a Enlil. Entonces llega el diluvio. Enki advierte a Atrahasis, el Utnapishtim del Gilgamesh, figura que luego resonará en el Noé bíblico, y le indica construir un arca para preservar la vida. El mismo motivo narrativo, mucho antes del Génesis.

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En 1976, el escritor Zecharia Sitchin publicó El 12.º planeta y reinterpretó a los Anunnaki como visitantes de un supuesto planeta llamado Nibiru. Según su teoría, habrían creado a la humanidad mediante ingeniería genética con el objetivo de extraer oro. La propuesta carece de respaldo académico: especialistas en asiriología cuestionan tanto sus traducciones del sumerio como las interpretaciones en las que se basa. Sin embargo, como relato fue imparable: pasó de los libros a la televisión, los documentales, el cine y gran parte de internet.